lunes, 25 de octubre de 2010

La reforma protestante... Un análisis crítico

(Primera parte) Introducción:

Narrar una historia de manera natural envuelve el proceso de interpretación. No hay tal cosa como una narración de los hechos en forma de tabula rasa. Toda narración e interpretación de un hecho histórico depende de la experiencia, la formación e intereses del que la realiza. Esto también es real en lo relativo a la selección del material, pues dicha selección depende de esos mismos factores. En este punto llegan a mi mente las palabras de historiador Joseph Lortz que en el prólogo de su obra Historia de la Iglesia, tomo I, afirma:

“Una exposición resumida de la historia de la iglesia debe intentar efectivamente presentar el curso de los acontecimientos con cierta homogeneidad. Pero para esta tarea es de todo punto esencial distinguir lo importante de lo menos importante, acentuar unas cosas y pasar por alto otras; el arte consistirá precisamente en saber omitir con acierto. Es evidente que en la selección influye mucho el juicio subjetivo; de acuerdo con los conocimientos del autor y su campo de especialización, determinados temas importantes aparecerán con más relieve que otros” (Ediciones cristiandad, página 15).

Consecuentemente, como es imposible llevar a cabo una narración e interpretación de un hecho histórico totalmente neutrales, a lo más que podemos aspirar es a una narración e interpretación que tenga cierto grado de objetividad. Sin embargo, aun en este punto volvemos a ser presa de la inevitable interpretación, pues los grados de objetividad que se le atribuya o reconozca a un determinado enfoque o investigación sobre un hecho histórico, dependerá también de la formación, intereses y campo de especialización del que recibe, lee o escucha los resultados de tal investigación.

Asumiendo pues, los riesgos planteados, me propongo abordar en esta ocasión una reflexión de algunos aspectos que me parecen relevantes para la adecuada valoración e interpretación del movimiento conocido comúnmente como “la Reforma protestante”.

Continuaremos mañana. Bendiciones!

miércoles, 20 de octubre de 2010

Constantino no hizo al cristianismo religión imperial

Aunque es común la idea de que Constantino fue el que elevó al cristianismo al rango de “religión del imperio romano”, en verdad no fue así. El objetivo principal de este artículo es precisamente explicar cómo llega el cristianismo a convertirse de religión no tolerada y perseguida en religión oficialmente reconocida y hasta considerada “religión del imperio romano”. Hay tres edictos imperiales importantes en este proceso histórico que merecen analizarse. A estos haremos referencia en este trabajo, y citaremos textualmente. Manos a la obra.

I) El edicto de Galerio promulgado el 30 de abril del año 311 d.C.

Galerio fue emperador del imperio romano entre los años 305 al 311 d.C. Pero antes, desde el primero de marzo del año 293 tenía una cuota de poder al formar parte de la famosa tetrarquía (gobierno de cuatro, instituida por el emperador Diocleciano) en calidad de césar. Fue un histórico enemigo y perseguidor de los cristianos. Justo L. González afirma que: “Por fin, cuando los cristianos comenzaban a desesperar, la tormenta amainó. Galerio estaba enfermo de muerte, y el 30 de abril del 311 promulgó su famoso edicto de tolerancia” (Historia del cristianismo, tomo I, página 122).

A continuación el texto del edicto de Galerio:

Entre todas las leyes que hemos promulgado por el bien del estado, hemos intentado restaurar las antiguas leyes y disciplina tradicional de los romanos. En particular hemos procurado que los cristianos, que habían abandonado la religión de sus antepasados, volviesen a la verdad. Porque tal terquedad y locura se habían posesionado de ellos que ni siquiera seguían sus primitivas costumbres, sino que se han hecho sus propias leyes y se han reunido en grupos distintos. Después de la publicación de nuestro edicto, ordenando que todos volviesen a las costumbres antiguas, muchos obedecieron por temor al peligro, y tuvimos que castigar a otros. Pero hay muchos que todavía persisten en sus opiniones, y nos hemos percatado de que no adoran ni sirven a los dioses, ni tampoco a su propio dios. Por lo tanto, movidos por nuestra misericordia a ser benévolos con todos, hemos creído justo extenderles también a ellos nuestro perdón, y permitirles que vuelvan a ser cristianos, y que vuelvan a reunirse en sus asambleas, siempre que no atenten contra el orden público. En otro edicto daremos instrucciones acerca de esto a nuestros magistrados.

A cambio de esta tolerancia nuestra, los cristianos tendrán la obligación de rogarle a su dios por nuestro bienestar, por el bien público y por ellos mismos, a fin de que la república goce de prosperidad y ellos puedan vivir tranquilos”.

Justo L. Gonzáles también sostiene: “Tal fue el edicto que puso fin a la más cruenta—y prácticamente la última—de las persecuciones que la iglesia tuvo que sufrir a manos del Imperio Romano. Pronto se abrieron las cárceles y las canteras, y de ellas brotó un torrente humano de gentes lisiadas, tuertas y maltratadas, pero gozosas por lo que era para ellas una intervención directa de lo alto” (Historia del cristianismo, tomo I, página 123).

II) El edicto de Milán del año 313 d.C., promulgado por Constantino y Licinio

Constantino fue emperador del imperio romano entre los años 306 al 337 d.C. Pero antes, igual que Galerio, ostentó parte del poder como un césar (para el año 305) dentro de la famosa tetrarquía de Diocleciano, que para el 305 tenía como gobernantes del imperio a Galerio y Licinio como augustos, y a Constantino y a Maximino Dasa (o Daya) como césares.

Por otro lado, Licinio fue emperador romano del año 311 al 324 d.C.

A la muerte de Galerio el poder del imperio quedó en las manos de de Licinio, Maximino Daza (o Daya), Constantino y Majencio. Posteriormente, Licinio derrotó a Maximino Dasa o Daya (año 313) y Constantino hizo lo mismo con Majencio (año 312). Luego el mismo Licinio que había quedado con la mitad del imperio romano (la parte oriental, al vencer a Maximino) fue derrotado por Constantino en el año 324, que previamente se había constituido en el monarca de la otra mitad del imperio, la parte occidental, al derrotar a Majencio.

Para el año 313 el imperio romano tenía solamente dos monarcas, pues con la victoria de Licinio sobre Maximino y de Constantino sobre Majencio, la tetrarquía como forma de gobierno dejó de existir. Licinio quedó con el control de la parte oriental del imperio romano y Constantino con el poder en la parte occidental. Siendo Licinio y Constantino los dos únicos monarcas de imperio para el año 313, estos se pusieron de acuerdo para promulgar un edicto de tolerancia en el cual se comprometían a no perseguir a los cristianos. Una verdad que hay que destacar es que este famoso edicto de Milán, aunque se conoce mayormente como obra de Constantino, fue más bien de Constantino y Licinio.

Por eso hay los que sostienen que: El edicto o constitución imperial fue aprobado entre otra serie de medidas tomadas en conjunto por los emperadores romanos de oriente y occidente en junio del año 313”.

A continuación, el texto del edicto de tolerancia de Constantino y Licinio, del año 313:

"Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión... "...que a los cristianos ya todos los demás se conceda libre facultad de 'seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser propicio a nosotros ya todos los que viven bajo nuestro imperio. Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o e1egir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle".

-Copias de las constituciones imperiales de Constantino y Licinio, traducidas del latín al griego.

Con relación al edicto de Galerio y el edicto de Constantino y Licinio, el historiador cristiano Justo L. Gonzáles afirma: “Tras la batalla del Puente Milvio se reunió en Milán con Licinio, con quien selló una alianza. Parte de esta alianza era el acuerdo de que no se perseguiría más a los cristianos, y que se les devolverían sus iglesias, cementerios y otras propiedades que habían sido confiscadas. Este acuerdo, que recibe el título poco exacto de “Edicto de Milán”, se señala frecuentemente como el fin de las persecuciones (313 d.C.), aunque lo cierto es que el edicto de tolerancia de Galerio fue mucho más importante, y que aún después del “Edicto de Milán” Maximino Daza siguió persiguiendo a los cristianos. Por fin, tras una serie de pasos que corresponden a otro capítulo de esta historia, Constantino quedó como el único emperador, y la iglesia gozó de paz en todo el Imperio” (Historia del cristianismo, tomo I, páginas 123 y 124).

Otros detalles y una versión más completa del edicto de Milán la cito a continuación, tomada de la Enciclopedia Virtual de Cervantes:

“Por su parte Licinio, pocos días después de la batalla, tras hacerse cargo y repartir una parte de las tropas de Maximino, llevó su ejército a Bitinia y entró en Nicomedia. Allí dio gracias a Dios con cuya ayuda había logrado la victoria y el día 15 de junio del año en que él y Constantino eran cónsules por tercera vez, mandó dar a conocer una carta dirigida al gobernador acerca del restablecimiento de la Iglesia y cuyo texto es el siguiente:

«Yo, Constantino Augusto, y yo también, Licinio Augusto, reunidos felizmente en Milán para tratar de todos los problemas que afectan a la seguridad y al bienestar público, hemos creído nuestro deber tratar junto con los restantes asuntos que veíamos merecían nuestra primera atención el respeto de la divinidad, a fin de conceder tanto a los cristianos como a todos los demás, facultad de seguir libremente la religión que cada cual quiera, de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad. Así pues, hemos tomado esta saludable y rectísima determinación de que a nadie le sea negada la facultad de seguir libremente la religión que ha escogido para su espíritu, sea la cristiana o cualquier otra que crea más conveniente, a fin de que la suprema divinidad, a cuya religión rendimos este libre homenaje, nos preste su acostumbrado favor y benevolencia. Para lo cual es conveniente que tu excelencia sepa que hemos decidido anular completamente las disposiciones que te han sido enviadas anteriormente respecto al nombre de los cristianos, ya que nos parecían hostiles y poco propias de nuestra clemencia, y permitir de ahora en adelante a todos los que quieran observar la religión cristiana, hacerlo libremente sin que esto les suponga ninguna clase de inquietud y molestia.

Así pues, hemos creído nuestro deber dar a conocer claramente estas decisiones a tu solicitud para que sepas que hemos otorgado a los cristianos plena y libre facultad de practicar su religión. Y al mismo tiempo que les hemos concedido esto, tu excelencia entenderá que también a los otros ciudadanos les ha sido concedida la facultad de observar libre y abiertamente la religión que hayan escogido como es propio de la paz de nuestra época. Nos ha impulsado a obrar así el deseo de no aparecer como responsables de mermar en nada ninguna clase de culto ni de religión. Y además, por lo que se refiere a los cristianos, hemos decidido que les sean devueltos los locales en donde antes solían reunirse y acerca de lo cual te fueron anteriormente enviadas instrucciones concretas, ya sean propiedad de nuestro fisco o hayan sido comprados por particulares, y que los cristianos no tengan que pagar por ello ningún dinero de ninguna clase de indemnización. Los que hayan recibido estos locales como donación deben devolverlos también inmediatamente a los cristianos, y si los que los han comprado o los recibieron como donación reclaman alguna indemnización de nuestra benevolencia, que se dirijan al vicario para que en nombre de nuestra clemencia decida acerca de ello.

Todos estos locales deben ser entregados por intermedio tuyo e inmediatamente sin ninguna clase de demora a la comunidad cristiana. Y como consta que los cristianos poseían no solamente los locales donde se reunían habitualmente, sino también otros pertenecientes a su comunidad, y no posesión de simples particulares, ordenamos que como queda dicho arriba, sin ninguna clase de equívoco ni de oposición, les sean devueltos a su comunidad y a sus iglesias, manteniéndose vigente también para estos casos lo expuesto más arriba (...) De este modo, como ya hemos dicho antes, el favor divino que en tantas y tan importantes ocasiones nos ha estado presente, continuará a nuestro lado constantemente, para éxito de nuestras empresas y para prosperidad del bien público.

Y para que el contenido de nuestra generosa ley pueda llegar a conocimiento de todos, convendrá que tú la promulgues y la expongas por todas partes para que todos la conozcan y nadie pueda ignorar las decisiones de nuestra benevolencia».

LACTANCIO, De mortibus persecutorum (c.318-321). En M. Artola, Textos fundamentales para la Historia, Madrid, 1968, p. 21-22.

III) El edicto del emperador romano Teodosio, el famoso edicto de Tesalónica del año 380 d.C.

Teodosio fue emperador del imperio romano entre los años 378-395 d.C., otros en cambio, que fue entre 379-395 d.C. Paso a citar lo que la enciclopedia libre Wikipedia registra sobre Teodosio:

Teodosio I el Grande (Flavio Teodosio) (n. Cauca, (hoy Coca, Segovia), Hispania, h. 346 - Milán, 17 de enero de 395), Emperador romano de Oriente (379-395) y de Occidente (394-395), impulsor del catolicismo como religión oficial.

Adquirió experiencia militar combatiendo en Gran Bretaña bajo el mando de su padre, el general romano Flavio Teodosio (Teodosio el Viejo); luego él mismo fue dux de Mesia (actual Serbia) en el 374, defendiendo eficazmente aquella provincia fronteriza frente a los sármatas. Pero se retiró a sus dominios en la actual Coca, tras la ejecución de su padre. Y allí estaba en el 378, cuando le llamó el emperador Flavio Graciano para encargarle la defensa de Mesia frente a la invasión de los godos. Así, en el 379 fue nombrado augusto con potestad en Oriente, comenzando su reinado sobre aquella parte del Imperio.

Venció a los visigodos y pactó con su rey Atanarico la instalación de este pueblo germánico en Mesia como federados del Imperio (es decir, aliados bárbaros a los que se encomendaba la defensa de la frontera). Luego transmitió el título de augusto a su hijo Arcadio, con lo que estableció una nueva dinastía imperial, que de momento reinaría sólo en Oriente.

Mientras tanto, en Occidente Graciano fue destronado por otro militar hispano, Magno Clemente Máximo; pero su poder fue disputado por el hermano de Graciano, Valentiniano II. Teodosio, que había reconocido inicialmente la autoridad de Máximo, se alió luego con Valentiniano, e incluso emparentó con la familia imperial de Occidente, al casarse con Gala (hermana de Valentiniano y de Graciano) en el 387. Al año siguiente venció a Máximo en la batalla de Aquileya, extendiendo su autoridad a todo el Imperio, si bien mantuvo formalmente en el Trono occidental a Valentiniano II (388).

Teodosio era cristiano católico, es decir, fiel a la doctrina de Atanasio, adoptada como línea ortodoxa desde el Concilio de Nicea del 325. Fue él quien adoptó el catolicismo como religión del Imperio, prohibiendo el arrianismo (doctrina cristiana de los seguidores de Arrio, muy extendida en Oriente) por el Edicto de Tesalónica (380). No obstante, su actitud inicial fue más conciliadora hacia los paganos, pues trató de mantener un equilibrio en su administración entre cristianos y paganos, al tiempo que se resistía a los intentos del clero cristiano por imponer su supremacía.

Su actitud cambió después de ser excomulgado por el arzobispo de Milán, san Ambrosio, a causa de la represión de la revuelta de Tesalónica, en la que murieron unas 7.000 personas (390). Teodosio hizo penitencia pública para obtener el perdón y, desde entonces, se convirtió en instrumento político de la intolerancia eclesiástica: prohibió los cultos paganos en Roma (391), medida que luego extendió a todo el Imperio (392).

El descontento creado por la persecución del paganismo provocó la revuelta del usurpador Eugenio, quien, con apoyo del jefe de la milicia de Occidente -el franco Arbogasto- se adueñó de las Galias, Italia y África, dio muerte a Valentiniano II y se hizo proclamar emperador de Occidente (392). Teodosio estaba en Constantinopla, como era su costumbre, absorbido por los problemas de la frontera oriental, en donde acababa de negociar la paz con los persas y el reparto de Armenia.

En cuanto pudo regresar a Italia, se enfrentó a Eugenio, le venció y le dio muerte cerca de Aquileya, y restableció momentáneamente la unidad del Imperio, pues se proclamó oficialmente emperador de Oriente y de Occidente, (394). Pero las diferencias culturales, económicas y políticas entre los territorios occidentales (controlados desde Roma) y los territorios orientales (controlados desde Constantinopla) era ya demasiado grandes como para que resultara viable la unidad.

Cuando murió al año siguiente, Teodosio reconoció esta realidad dejando la herencia imperial dividida entre sus dos hijos: Arcadio (con 17 años) en Oriente y Honorio (un niño de 11) en Occidente, bajo la tutela de Estilicón. La división fue irreversible y permitió que, mientras el Imperio Romano de Occidente sucumbía después de ochenta años de crisis y penetración de los bárbaros, en Oriente se consolidara un Imperio Bizantino que habría de durar hasta 1453.

A continuación el texto del edicto de Teodosio (El edicto de Tesalónica 28 de febrero 380 d.C)

Los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio Augustos: edicto al pueblo de la ciudad de Constantinopla.

“Es nuestra voluntad que todos los pueblos regidos por la administración de nuestra clemencia practiquen esa religión que el divino apóstol Pedro transmitió a los romanos, en la medida en que la religión que introdujo se ha abierto camino hasta este día. Es evidente que esta es también la religión que profesa el profeta Dámaso, y Pedro, obispo de Alejandría, hombre de apostólica santidad; esto es que, de acuerdo con la disciplina apostólica y la doctrina evangélica debemos creer en la divinidad una del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con igual majestad y bajo /la noción/ de la Santa Trinidad.

Ordenamos que aquellas personas que siguen esta norma tomen el nombre de cristianos católicos. Sin embargo, el resto, que consideramos dementes e insensatos, asumirán la infamia de los dogmas heréticos, sus lugares de reunión no obtendrán el nombre de iglesias y serán castigados primeramente por la divina venganza, y, después, también /por justo castigo/ de nuestra propia iniciativa, que tomaremos en consonancia con el juicio divino.

Dado en el tercer día de las Calendas de Marzo (28 de Feb.), en Tesalónica, en el año quinto del consulado de Graciano y del primer consulado de Teodosio Augustos”.

Conclusión: La común que hay entre los dos primero edictos, el de Galerio del año 311 d.C. y el de Constantino y Licinio del año 313 d.C., es que ambos fueron edictos que toleraron al cristianismo; pero que no la instituyeron religión del imperio romano (como religión del estado). Sería más bien con el edicto de Teodosio del año 380 d.C., el edicto de Tesalónica, con que llegaría el cristianismo a constituirse en verdad en la religión del imperio romano.

Bibliografía:

1. Enciclopedia Virtual de Cervantes (en la Internet).

2. Enciclopedia libre Wikipedia (en la Internet).

3. Henry H. Halley. Compendio Manual de la Biblia. Texas, USA: Casa Bautista de Publicaciones, 1985 (sexta edición).

4. Jesse Lyman Hurlbut. Historia de la iglesia cristiana. Miami: USA: Editorial Vida, 1999.

5. Justo L. González. Historia del Cristianismo Tomo I. Miami, USA: Editorial Unilit, 2003.

6. Microsoft Encarta 2006. Microsoft Corporation.

viernes, 15 de octubre de 2010

Siete vueltas al Jericó moderno

Y hasta trece vueltas, nada mal, pero no basta

Un grupo de hermanos y hermanas en la fe han decidido asumir la estrategia de darle siete vueltas a algunos edificios donde funcionan ministerios o instancias del estado o gobierno dominicano. El objetivo de estas vueltas es, emulando lo relatado por el libro de Josué, provocar el derribamiento de varios tipos de muros actuales, como por ejemplo, el de la corrupción en la administración pública.

Ahora bien hay que precisar que en el relato del libro de Josué, realmente fueron trece vueltas, no siete (Josué capítulo 6). De todos modos, el que este recurso jamás fuera puesto en práctica por la nación hebrea en toda su historia posterior, ni haya en el NT un ejemplo de su aplicación, debería ser tomado en cuenta (y muy en serio) por nuestros hermanos y hermanas antes de persistir con el uso de dicha estrategia.

No negamos el valor simbólico de esta estrategia, pero a la verdad uno se pregunta si esta es la mejor manera en que la comunidad evangélica puede expresar su inconformidad con el estado actual de las cosas (el statu quo), y si en verdad esta es la mejor manera en que se puede expresar el testimonio cristiano y su compromiso con la justicia y la procura de un verdadero estado de derecho donde no haya complicidad ni impunidad.

Por otro lado, lo penoso es, además, el que de nuevo se vuelve a poner en evidencia la incapacidad de la comunidad evangélica (y su fragmentación), para llevar a cabo ciertas acciones en conjunto, y que muestren cierto grado de consenso, en cuanto a la persecución de objetivos comunes y en cuanto a la definición de los medios y métodos a emplearse a fin de lograrse los objetivos propuestos.

No olvidemos que después de darle las siete vueltas al congreso (el pasado miércoles 29 de septiembre) se aprobó la recién estrenada nueva Junta Central Electoral, a pesar de una oposición prácticamente nacional. ¿Y….?

Entonces cabe esperar y preguntarse qué será lo que ocurrirá en el Palacio Nacional, qué medida o medidas se aprobaran allí y que probablemente demuestren que las cosas siguen igual (o peor) a pesar de las siete (y hasta las trece) vueltas de este martes 12 de octubre.

Tampoco hay que dejar de considerar la manera en que la comunidad evangélica se proyecta hacia la sociedad dominicana (aun cuando lo haga un pequeño segmento de la misma) con el uso y empleo de este recurso. Sin embargo, esto es algo que probablemente estos hermanos y hermanas no han evaluado seriamente y, muy probablemente nunca lo harán. De todos modos, me parece que la idea que se haga la sociedad dominicana de este grupo, incluirá también al resto de la comunidad evangélica, afectándola a toda ella por igual.

Insisto, el que este recurso jamás fuera puesto en práctica por la nación hebrea en toda su historia posterior, ni haya en el NT un ejemplo de su aplicación, debería ser tomado en cuenta (y muy en serio) por nuestros hermanos y hermanas antes de persistir con el uso de dicha estrategia.

¿Y qué del principio, que de seguro enseñan y asumen estos hermanos y hermanas, con relación a que no es un procedimiento correcto de interpretación bíblica el hacer doctrina de un solo pasaje?

Ahora bien, de seguro habrá los que me digan, hermano Benjamín, ¿y qué de la mención que de este hecho hace el escritor de la carta a los Hebreos (Hebreos 11.30? Y mi respuesta será siguiente: Una cosa es la mención y el recuerdo hasta estimulador de un hecho, y otra cosa es el que se ponga en práctica (o se considere y recomiende necesaria su puesta e práctica). El escritor de la carta a los Hebreos ciertamente destaca el papel de la fe en este hecho, sin embargo no lo consideró normativo, ni recomendable (pues ciertamente no lo recomienda) para su propio contexto y situación histórica.

Finalmente, no dejo de reconocer el valor simbólico del empleo de esta estrategia, pero concluyo en que hará falta mucho más que eso, para que caigan ciertos muros, incluso dentro y a lo interno de la propia comunidad evangélica. (HBOC)

miércoles, 13 de octubre de 2010

Origen del calificativo “evangélico”

No se usó en la historia de la Iglesia, ni del Cristianismo

La palabra “evangélico” está íntimamente ligada a la palabra griega “euanguélion”. La palabra griega “euanguélion” (transliterada como evangelio) históricamente y en el Nuevo Testamento mismo se usa para referir no a un tipo de literatura, sino, en primer lugar, a las buenas nuevas del Reino de Dios proclamadas por Jesús (considérese como ejemplos, Mateo 4.23; 9.35; 24.14; Marcos 1.14); en segundo lugar, para referir tanto a la proclamación como al contenido de mensaje (“kerigma”) de la primitiva comunidad cristiana que proclamaba la muerte (mediante crucifixión) y resurrección de Jesucristo. Ejemplos de este uso bíblico del término son: Romanos 10.16; 1 Corintios 1.17; 9.14; 15.1-4; 2 Corintios 2.12; 4.5).

Es preciso advertir que generalmente se establece una ligera distinción técnica entre “euanguélion” y “kerígma”: “Euanguélion” hace referencia al contenido del mensaje; mientras que “kerigma” hace referencia al modo de entregarlo (mediante la proclamación de un heraldo o mensajero).

Será a partir del siglo II cuando la palabra “euanguélion” (evangelio) comience a usarse para referir a un tipo de literatura específica que trata sobre la vida, ministerio, muerte y resurrección de Jesús.

Por lo que hemos dicho, se puede concluir en que el uso de la palabra “evangelio” para señalar a los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, y otros de su género que no entraron en el canon, no es bíblico. Este uso es posterior al vocabulario que encontramos en el conjunto de libros que la cristiandad en general ha aceptado como literatura canónica del Nuevo Testamento.

En consecuencia, tenemos que decir que a la luz del Nuevo Testamento mismo y a la luz de la historia temprana del cristianismo, el término “evangélico” no significó más que “algo” o “alguien” relacionado con el mensaje del evangelio y/o con los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, y otros de su género que no entraron en el canon.

El surgimiento del “movimiento evangélico”

Sobre este uso particular de la palabra “evangélico”, el Diccionario enciclopédico de historia de la iglesia, que citamos anteriormente, nos dice lo siguiente: “La palabra “evangélico”, que corresponde en su contenido a una caracterización confesional, connota a partir del siglo XVIII la característica propia del movimiento del despertar suscitado por John Wesley y la espiritualidad “pietista”.

Luego designa un nuevo comienzo espiritual del pietismo en las iglesias territoriales y en las iglesias libres que, partiendo del Congreso Mundial en Berlín (1966) e impulsado especialmente por William (Billy) Graham, llegó a convertirse en un movimiento de alcance mundial”.

La misma obra recién citada también nos ofrece las características principales del movimiento evangélico:

1) Acentuación de la inspiración verbal de la Biblia y de su autoridad absoluta para la fe y la vida; 2) Confesión íntegra de la cristología contenida en el credo apostólico; 3) Énfasis puesto en la redención subjetiva antes que en la objetiva (experiencia del renacimiento en virtud de la conversión personal); 4) Necesidad de la santificación por la fuerza del Espíritu Santo a través de la oración, el estudio de la Biblia y el servicio de caridad; 5) Distinción de la “comunidad” de Jesús”, formada por los auténticos creyentes, y la iglesia como institución visible; 6) Prioridad de la misión; 7) Intensa expectativa escatológica inmediata. Menos importancia revisten para el movimiento evangélico la figura de la Iglesia, el ministerio, la liturgia y los sacramentos.

Dentro del movimiento evangélico encontramos algunas corrientes principales:

1) Los fundamentalistas (los que profesan una absoluta inerrancia de la Biblia); 2) Los evangélicos confesantes (que profesan tanto una fidelidad a la Biblia como a los escritos confesionales de la Reforma y su concepción de los sacramentos); 3) Los neo-evangélicos (que intentan establecer una mediación entre la fe bíblica y los conocimientos más modernos); 4) Los evangélicos radicales (aquellos que se caracterizan porque exigen la obediencia al sermón de la montaña, son pacifistas); 5) Los evangélicos carismáticos (que enfatizan el bautismo con el Espíritu Santo, y el ejercicio de los dones espirituales o carismas).

Un matiz que caracteriza a muchos de los grupos que integran el movimiento evangélico es el rechazo de la teología académica, y la consecuente poca valoración que se le da a la teología formal y al papel del teólogo en la iglesia.

Finalmente, diríamos que la llamada “Teología Evangélica”: “Tiene vínculos particulares con las características distintivas de la Reforma Protestante. Está dedicada profundamente a la centralidad de la Biblia, a su poder mediante el Espíritu Santo con referencia especial a la predicación, a su autoridad final en todo los asuntos de doctrina y vida, y a la necesidad de interpretarla tan natural como sea posible, y diseminarla ampliamente en el idioma vernáculo… el objetivo de la obra teológica no es tanto conocer la teología como conocer a Dios; las tentaciones de orgullo académico deben mortificarse, la teología debe hacerse dentro de una comunidad de amor y por amor otros, con la conciencia de que el regreso de Jesucristo y el día de rendir cuentas está cerca.” (B. Ferguson, Sinclair, y otros, editores. (2005). Nuevo Diccionario de Teología. USA: Casa Bautista de Publicaciones.)

Conclusiones:

1) El sentido confesional y actual de la palabra “evangélico” no se corresponde con su uso temprano en la historia de la Iglesia y del Cristianismo. En un principio ésta nunca señaló o distinguió a un grupo en oposición a otro dentro de la misma fe cristiana.

2) El sentido actual de la palabra "católico" tampoco se corresponde con su uso temprano en la Historia de la Iglesia y del Cristianismo. Originalmente se empleó para describir el carácter universal del cuerpo de Cristo, no para referir a una iglesia en sentido institucional.

3) El uso de la palabra “protestante” tiene su origen histórico unos doce (12) años después de haberse iniciado la Reforma Protestante.

4) El uso de la palabra “protestante” para señalar a los seguidores de las ideas y enseñanzas de los reformadores del siglo XVI, se originó en un contexto católico.

5) El uso de la palabra “catolicismo” para señalar a los que se mantuvieron fieles al tipo de cristianismo representado por la Iglesia de Roma, se originó en un contexto protestante.

6) Hoy la palabra “cristiano” sin más, puede hacer referencia a una persona que se ubica que cualquiera de las tres manifestaciones históricas del cristianismo: el ortodoxo, el católico y el protestante.

7) Hoy el calificativo “católico” hace referencia específicamente a una persona que se ubica específicamente dentro de la corriente del cristianismo católico romano con su sede central en el Vaticano.

8) Hoy el calificativo “evangélico”, además de su referencia literaria (conforme al evangelio o relacionado a los evangelios), se emplea confesionalmente para señalar a una persona que se sitúa dentro de la corriente del cristianismo derivada de la llamada “Reforma Protestante”.

9) A diferencia del calificativo “protestante” que se origina en un contexto católico, el calificativo “evangélico” consiste en una auto-proclamación de los movimientos derivados de la Reforma Protestante.

Al respecto, son interesantes e ilustrativas las siguientes palabras: Evangélico: Pentecostales y otras comunidades protestantes. Se han adjetivado así porque pretenden ser los fieles seguidores del evangelio” (De Pedro, Aquilino. (2000). Diccionario de términos religiosos y afines. España: Verbo Divino. Lo lamentable es que cada una de las expresiones históricas del cristianismo se considera a sí misma como la auténtica portadora de la verdad del evangelio. Es penoso que cada corriente valore muy poco lo que en su depósito teológico tiene en común con las demás manifestaciones históricas del cristianismo.

10) Que el cristianismo católico se autoproclame “la iglesia” (como si fuera la única expresión válida y legítima del cristianismo histórico) se equipara con las pretensiones de algunos grupos dentro del protestantismo cuando también se autoproclaman como la verdadera y única expresión válida del evangelio. En contra de que cualquiera de las tres expresiones del cristianismo histórico se autoproclame como la legítima expresión del evangelio y la única iglesia, están las evidencias aportadas por la Teología Bíblica del Nuevo Testamento.

La evidencia bíblica apunta a que Pablo fue el primero que usó la palabra “iglesia” para referirse a una comunidad local seguidora de Jesús (1 Tesalonicenses 1.1). Por otro lado, la evidencia bíblica también apunta a que originalmente cada comunidad local de fe constituía propiamente una iglesia, por lo que se hace necesario el uso del plural. En otras palabras, que en su sentido original o primario, la palabra “iglesia” en el NT es “comunidad local o conjunto de creyentes en Cristo reunidos o ubicados en un lugar específico” (1 Tesalonicenses 2.14). Desde sus orígenes, el cristianismo ha estado constituido por iglesias (en plural) y no por una iglesia (en singular). Por el Nuevo Testamento podemos afirmar que la iglesia de Corinto, la de Galacia, la de Tesalónica, etc. constituían con toda propiedad una iglesia, una expresión válida y legítima de la comunidad fundada en la obra redentora de Cristo.

Observación: Desde la perspectiva de los estudios históricos críticos, se afirma que la palabra “iglesia” (griego “ekklesía”) no tuvo durante el ministerio terrenal del Jesús histórico el sentido que se impuso desde los días del apóstol Pablo. Hay que recordar también que los evangelios se redactaron muy posteriormente a los escritos genuinos de Pablo. Esto apunta a que el uso de la palabra “iglesia” en Mateo 16.18 y 18.17 no prueba que el Jesús histórico haya conocido tal concepto. Recomiendo ver de nuevo lo que dije con relación al original calificativo que se usó para designar (ya sea como autodesignación o como designación desde afuera) a los seguidores del Jesús crucificado y resucitado.

Luego, también es cierto que encontramos en el Nuevo Testamento mismo un enfoque de la iglesia que no es local, sino más bien universal o cosmológico, que es el enfoque que encontramos en Efesios 1.22 y 23; Colosenses 1. 18; Mateo 16.18.

Por la evidencia de Efesios, Colosenses y Mateo, se puede decir que la iglesia en el sentido cosmológico o universal, está constituida por todos los creyentes en Cristo de todos los tiempos, lugares y épocas, trascendiendo necesariamente los límites de la iglesia en sentido institucional, local y denominacional (la ortodoxa, la católica y la protestante) ¿Estamos nosotros (los movimientos protestantes, la iglesia ortodoxa y la católica romana) en la capacidad de establecer y distinguir con propiedad quiénes forman parte o no de la iglesia en este sentido?

Recomendaciones:

1) Que cada expresión del cristianismo histórico tenga para con la otra, la actitud, el respeto y consideración que espera y le gustaría recibir de la misma.

2) Que cada expresión del cristianismo histórico sea capaz de evitar repetir los errores que la historia ha demostrado que han tenido lugar en las distintas expresiones de la fe cristiana.

3) Que cada expresión de la fe cristiana pueda dar pasos firmes a fin de tomar acciones en conjunto frente a una serie de males sociales (que cada una de ellas reconoce como tales). Esto no implica que un grupo absorba a otro. Se puede luchar contra males comunes sin que ningún grupo pierda sus características distintivas.

4) Que las distintas expresiones de la fe cristiana con presencia en la República Dominicana piensen menos en ellas mismas y consideren que Jesús con su ejemplo nos desafía a una vida de auto negación y servicio. Que reconozcan que existen para servir y no para ser servidas.

5) Que las distintas expresiones de la fe cristiana trabajen seriamente por las mejores condiciones de vida para la sociedad dominicana en general, contribuyendo al fortalecimiento de la institucionalidad y el estado de derecho.

6) Que los distintos grupos que profesan la fe cristiana procuren seriamente dar un testimonio adecuado, y coherente, procurando que sus acciones se igualen y conformen a sus palabras. Que su praxis (sus hechos) sea coherente con su discurso. Que su accionar confirme el valor y trascendencia de su teología. (HBOC)

viernes, 8 de octubre de 2010

Muchos dicen serlo, pero desconocen orígenes y significados de "cristianos", "católicos", protestantes

El surgimiento del calificativo “cristiano”

¿En qué ambiente surgió en nombre de “cristianos” para los seguidores de Jesús? ¿Judío o gentil? Respuesta: Gentil. Fue en Antioquía de Siria, una ciudad situada a unos 500 kilómetros al norte de Jerusalén (al suroeste de Turquía) (Hechos 11:26). El nombre cristiano, que en su origen haya sido peyorativo o no, surge en un ambiente gentil.

Se discute sobre la fecha en que se originó el nombre “cristiano”. Hay los que sugieren que fue alrededor de los años 40; otros que alrededor de los años 50. Lo que se da por seguro es que para la década del 60 debía estar establecido, pues por Hechos 26.28 sabemos que Herodes Agripa II lo utilizó. La verdad es que esta discusión debe dejarse como algo sin una solución definitiva. De todos modos, algo que me llama la atención es que esta palabra no formó parte del vocabulario[1] del apóstol Pablo, por lo menos, por lo que sabemos a través de los escritos canónicos que se han conservado de él o que se le atribuyen a él.

El surgimiento del calificativo “católico”

La palabra “católico” viene de la palabra griega katholikós (kaqolikov~) que significa “universal”. El primer testimonio en la literatura cristiana del uso de la palabra “católico”, se encuentra en la carta que le dirigió Ignacio de Antioquía a la iglesia de Esmirna a finales del siglo I de la era común. En dicha carta, Ignacio de Antioquía usa la expresión kaqolikhv ejkklesiva (katholiké ekklesía). Respecto a la interpretación de dicha frase, el teólogo e historiador Ramón Trevijano afirma: “Ha sido interpretada en sentido espacial, como “universal”, por la contraposición que traza el texto entre la iglesia del obispo[2] (la particular) y la iglesia de Cristo (la universal)” (página 40)[3].

Otra obra de los llamados “Padres Apostólicos” que también usa la expresión kaqolikhv ejkklesiva (katholiké ekklesía), es el llamado “Martirio de Policarpo.

Ahora bien, algo que ha sido y es objeto de debates entre los especialistas en la historia de la iglesia y el cristianismo es si Ignacio de Antioquía llegó a plantear o sugerir el primado de la iglesia de Roma. En primer lugar, consideremos la opinión del historiador católico Domingo Ramos Lissón: “Una significación especial tiene para él la Iglesia de Roma por ser “la que preside en la caridad”, expresión que encierra reminiscencias joánicas de la colación del primado a Pedro, y que si duda, está connotando el reconocimiento del primado de la Iglesia de Roma” (página 73)[4].

Ahora consideremos la opinión de un historiador protestante, a saber, César Vidal Manzanares: “Parece evidente que dentro de la comunión de las Iglesias, la de Roma tiene para Ignacio un valor especial, pero es discutible –como sostiene Quasten- que en sus escritos esté ya presente la ideas de primado, y así lo han apuntado entre otros, A. von Harnack, J. Thiele y A. Erhard” (página 120)[5].

Finalmente, quiero concluir esta sección con las siguientes palabras: “La palabra “catolicismo” se remonta históricamente a la época de la confesionalización. Algunos autores de la Reforma de los Países Bajos designaron con la palabra “catolicismo” a los antiguos creyentes que habían permanecido fieles al papado, aunque este uso del lenguaje sólo fue asumido por los católicos de forma lenta y vacilante. Sólo cuando la Ilustración reunió a todas las Iglesias y doctrinas de la Reforma bajo el término abstracto de “protestantismo”, la expresión más antigua “catolicismo” adquirió mayor difusión como concepto correlativo y opuesto [6]

El surgimiento del calificativo “protestante”

La mayoría de los especialistas en la historia del cristianismo y de la iglesia establecen que si bien hubo iniciativas de reforma antes del 1517, no fue hasta el 31 de octubre de 1517 cuando se inició definitivamente el movimiento que posteriormente se conocería con el nombre de “Reforma Protestante”.

Sin embargo, el origen del nombre “protestantes” no surge sino para el 1529, es decir, uno doce años después de que Martín Lutero clavara sus famosas 95 tesis en la puerta de la universidad de Wittenberg, Alemania. Podemos afirmar que ciertamente no es probable que al principio Martín Lutero pensara salir de la iglesia, sino simplemente rectificar algunos aspectos de la misma.

Finalmente, para clausurar este punto, voy a citar lo que afirma Wikipedia[7], la enciclopedia libre también disponible en la Internet: En 1529, Carlos V convoca una Dieta en la ciudad de Spira y en ella intenta convencer a los nobles que se han convertido al luteranismo, para que se sometan a la autoridad del Papa, pero los príncipes y señores luteranos se niegan y protestan en la convocatoria de la Dieta, y a causa de esta protesta los católicos comenzarán a llamarlos con el nombre de Protestantes.[8]



[1] La palabra “cristiano” sólo la encontramos tres veces en el NT, a saber: en Hechos 26.28 y 1 Pedro 4.16 (en singular). Y una vez en plural: en Hechos 11.26.

[2] Esta distinción se comprende cuando se conoce el valor que Ignacio de Antioquía le concede al obispo. Ignacio relativiza los sacramentos al afirmar que estos no se pueden llevar acabo sin la presencia del obispo. Tanto valor le concedía al obispo que pensaba que, como sostiene el historiador protestante César Vidal Manzanares, estar en comunión con el obispo equivalía a verse salvo del error y de la herejía (Diccionario de Patrística, editorial Verbo Divino, España, 1999).

[3] Trevijano, Ramón. (2004). Patrología. España: Biblioteca de Autores Cristianos.

[4] Ramos Lissón, Domingo. (2005). Patrología. España: Eunsa.

[5] Vidal Manzanares, César. (1999). Diccionario de Patrística. España: Verbo Divino.

[6] Kasper, Walter, director. (2005). Diccionario enciclopédico de historia de la iglesia (dos tomos). España: Herder.

[7] Igual opinión encontramos en el Diccionario enciclopédico de historia de la iglesia, publicado por la Editorial Herder, año 2005, dos tomos, basado en el Lexicon fur Theologie und Kirche, tercera edición, artículo “Protestantismo”.

[8] http://es.wikipedia.org/wiki/Reforma_Protestante

jueves, 7 de octubre de 2010

En el principio no se le llamó "Cristianos" a seguidores de Cristo

Tampoco se les conoció como "evangélicos”

Tomando como punto de partida la evidencia que nos aporta el libro de los Hechos, podemos afirmar con seguridad que el calificativo que originalmente recibió el grupo de seguidores de Jesús fue los del camino” (griego jodós). Considérese por ejemplo las siguientes citas bíblicas tomadas de la Biblia de Jerusalén:

Hechos 9.2: “y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de obtener permiso para llevar presos a Jerusalén a los hombres o mujeres que encontrase, seguidores del Camino”

Hechos 19.9: “Pero como algunos se obstinaban, no se dejaban persuadir y hablaban mal del Camino ante la gente, rompió con ellos y formó grupo aparte con los discípulos…”

Hechos 19.23: “Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del camino”.

Hechos 22:4: “Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres.”

Hechos 24:14: “En cambio, te confieso que, según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de mis antepasados, creo en todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas”

La palabra griega que se traduce aquí “secta” es jáiresis, que significa: secta, partido, división, movimiento. Es interesante que esta sea la misma palabra con la que se hace referencia en el mismo libro de los Hechos a dos de las principales facciones del Judaísmo del primer siglo de nuestra era, a saber, los Saduceos (en Hechos 5.17), y los Fariseos (en Hechos 15.5). Esta común designación confirma lo que ya se ha establecido como una verdad histórica, que el movimiento de los seguidores de Jesús fue considerado en un principio como una secta o facción más del Judaísmo.

Hechos 24.22: “Félix, que estaba bien informado en lo referente al Camino, les dio largas, diciendo: Cuando baje el tribuno Lisias decidiré sobre vuestro asunto”.

Para concluir este punto, quiero citar, en primer lugar, lo que afirma el biblista y exégeta católico francés, Xavier Léon Dufour, en su “Diccionario del Nuevo Testamento” (publicado en España por Desclée De Brouwer, año 2002) sobre la palabra Camino, cito: “En los Hechos, la expresión “el Camino” empleada de modo absoluto, es sinónimo de la nueva vida en la fe cristiana.”

En segundo lugar, creo que son también pertinentes las siguientes palabras del Diccionario Teológico del Nuevo Testamento (Coenen, Lothar y otros, España, Ediciones Sígueme), año 2003 cito: “Cuando Hechos 22.4 señala que Pablo persiguió “el camino” se refiere a la comunidad cristiana con su mensaje sobre la resurrección del crucificado. Ello no autoriza a proponer una falsa alternativa: o camino = doctrina, o camino = comunidad cristiana. Ambos conceptos están mutuamente relacionados y presentes en el término. En consecuencia, debemos de entender “camino”, en el uso absoluto que hace Hechos de este término, como designación de los cristianos y de su mensaje sobre Jesucristo, y en este mensaje hay que incluir también un determinado “estilo de vida” (“camino”).

Por otro lado, el mismo libro de Hechos (24.5) pone en evidencia que posteriormente los seguidores de Jesús de Nazaret, también recibieron el calificativo de “los Nazarenos”. Esto ocurriría muy probablemente en una época relativamente temprana, antes del año 70, cuando todavía se veía el movimiento de los seguidores de Jesús de Nazaret como una facción más del Judaísmo (véase lo dicho más arriba sobre la palabra traducida aquí “secta”).

Hay que decir que el plural, “Nazarenos”, ocurre en toda la Biblia una sola vez, y es en Hechos 24.5 “Porque hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos.”

Ahora bien, resulta sorprendente que a pesar de que Jesús es identificado principalmente como “nazareno” (trece veces en trece pasajes del Nuevo Testamento) en los evangelios hasta en el mismo Hechos, no parece que sus seguidores recibieran al principio un calificativo asociado al de su maestro (“los nazarenos”), ni que fuera de un uso tan amplio. Por ejemplo, aunque en Hechos 24.5 se identifica a Pablo como “cabecilla” de la secta de los nazarenos; no obstante, antes de su conversión Hechos no afirma que Pablo fuera hacia Damasco a perseguir a “nazarenos”, sino a “los del camino” (Hechos 9.2).

Probablemente muchos se preguntarán, ¿pudo surgir primero el nombre “los nazarenos” que el de “los del camino”? ¿Se identificarían los primeros judeocristianos como los “nazarenos” o como “los del camino”? Nada es imposible en este sentido; sin embargo, atendiendo a las fuentes que tenemos, principalmente el libro de Hechos, para analizar ambas designaciones; pienso que todavía cabe preguntarse: ¿No existía todavía el calificativo “los nazarenos” para cuando Pablo iba hacia Damasco a perseguir a seguidores de Jesús? ¿Existirían ya, para dicha ocasión, tanto el calificativo “los nazarenos” como “los del camino”, y el autor de Hechos prefirió usar el segundo? ¿Hasta que punto el carácter retrospectivo del enfoque de los evangelios y el mismo Hechos nos impide llegar a conocer lo que realmente ocurrió al principio, con relación al objeto de nuestro análisis?

De todos modos, es interesante que Hechos 24.5 refleje la idea de que Pablo era el líder o cabecilla del nuevo movimiento que giraba en torno a la figura Jesús de Nazaret. Si bien podía ser este un argumento falaz, pero conveniente en el proceso a Pablo, es posible que fuera un reflejo real del impacto de la acción misionera de Pablo en todo el Asia menor como, promotor principal del mensaje acerca de Jesús de Nazaret (véase Hechos 19.1, 8-10, 21; 20.1-6).

Conclusión: Después de todo lo que hemos dicho, después de las observaciones consideradas; a la luz de las fuentes de que disponemos, según el orden en que se nos presentan los eventos en el libro de Hechos; no tenemos otra opción que concluir que la primera designación con que se dio a conocer (se identificó a sí misma o se la señaló) la primitiva comunidad (o comunidades) seguidora de Jesús, fue “los del camino.

No quiero concluir este ensayo sin decir que Hechos es el único libro del Nuevo Testamento que nos informa de los distintos nombres con los que se hizo referencia a las primeras comunidades seguidoras de Jesús de Nazaret en el primer siglo de nuestra era: 1) “Los del camino” (Hechos 9.2). 2) “Cristianos” (Hechos 11.26); y 3) “Los nazarenos” (Hechos 24.5).

(benjaminoleac.blogspot.com)

Una particular reacción ante la ley 331-09

Que consagra el 31 de octubre de cada año como
“Día Nacional de la Comunidad Evangélica y Protestante”

La ley 331-09 (promulgada por el Poder Ejecutivo el 14 de noviembre del año 2009) que establece el 31 de octubre como “Día nacional de la comunidad evangélica y protestante”, es el tipo de legislación que parece confirmar la sospecha de que una gran parte del liderazgo evangélico representativo no está comprometido con la eliminación de ciertos privilegios, sino con que estos se generalicen. ¿Se… se… se entiende?

Lo más curioso es que el diputado Carlos Peña, miembro de la comunidad evangélica, principal gestor del proyecto de la ley 331-09, no pudo contar con el apoyo de la comunidad evangélica de su demarcación; pues no pudo lograr mantener su representación en la Cámara de Diputados en las pasadas elecciones congresuales y municipales.

Esta realidad envía una señal que, en lo personal, he estado descifrando desde hace mucho tiempo, y que tiene que ver con las pocas probabilidades, por un lado, y las grandes dificultades, por otro, que marcan y rodean todo proyecto social tendente a lograr una representación social significativa vía un proceso democrático de elecciones.

La gran realidad es que la comunidad evangélica, aunque tiene ciertas cosas en común, al margen de serias diferencias que subsisten en su seno (de intereses, agendas, objetivos, doctrinas, metodología, etc.); también está emocionalmente comprometida (y fragmentada) con las tradicionales e históricas ofertas partidarias que han caracterizado el quehacer político partidario en la República Dominicana.

Me explico: hay un sector de la comunidad evangélica que no concibe el ir a unas urnas y echar su voto sino es a favor de la oferta y propuesta electoral que plantee el PRD. Igualmente, hay un sector de la comunidad evangélica que tampoco va a ir a unas urnas y echar su voto sino es a favor de la oferta y propuesta electoral que plantee el PLD. Y así, sucesivamente, es lo mismo que se puede decir, aunque en menor grado, respecto del PRSC, y otras organizaciones políticas partidarias que gravitan en la República Dominicana. Tampoco hay que descartar la posibilidad de cierta movilidad y capacidad de lograr ciertos acuerdos convenientes, aunque medie alguna desavenencia e inconformidad histórica.

Otra sospecha que parece confirmarse es la presunción de que el legislador o legisladora que, previamente forme parte de la comunidad evangélica, hará lo mismo que el resto (a pesar de que se supone, el que se da por sentado, que tienen distintos marcos de referencia): legislar para su propio sector, al margen de las verdaderas y más acuciantes problemáticas que enfrenta la sociedad dominicana y la República Dominicana como tal (al margen de los intereses particulares de los distintos sectores que de una manera u otra trascienden en el quehacer político, social, económico, empresarial, y religioso, local).

¿Se… se… se entiende?

(benjaminoleac.blogspot.com)